Me gustaba vivir en mi pueblo, en mi antiguo barrio.
Cuando me casé, me fui a vivir a Madrid, aunque me
divorcié al poco tiempo de casarme, nunca volví, siempre tropezaba con algún
motivo que impedía mi vuelta al pueblo.
Cuando mi madre me visitaba a la capital, me contaba
todas las cosas buenas o malas que iban sucediendo en el pueblo, yo me quedaba
embobada escuchándola, como si se tratase de una película de drama, de amor o
suspense.
Hablar de mi antiguo barrio, era revivir de nuevo mi
niñez, mi juventud, los mejores momentos...los
más bellos de mi vida.
Jamás he olvidado la primera vez que me enamoré, mientras
yo me bebía los vientos por el chico guapo del barrio, Adrián, él los bebía por
la hija de la farmacéutica, mientras que ella, Isidora, bebía los vientos por todos
los chicos del barrio, menos que por Adrián.
Los padres de Adrián marcharon a trabajar a Alemania, y
el guapo Adrián, marchó con ellos. Me quedé triste, la tristeza duró poco tiempo, los
amigos y amigas y la ausencia de sus cartas hicieron que Adrián pasase a
segundo o tercer plano.
Mi barrio y mi gente, los he llevado en mis
pensamientos y muy dentro de mi corazón, por siempre.
Lo que más me duele de todo es, no haber hecho nada,
nada por rellenar esa maldita carencia, la que he arrastrado todo este tiempo,
carencia que ha llegado a convertirse en una grave nostalgia.
Después, de treinta y ocho años, he vuelto a mi pueblo, sí, estoy
aquí, en mi antiguo barrio, en la casa donde nací. Estoy sentada en una silla en
medio del salón, al lado del ataúd…donde está el cuerpo sin vida de mi madre.
La puerta de la casa está abierta, los vecinos van
entrando, me dan el pésame, se van acomodando cada uno por donde pueden. Sus
caras me son desconocidas. Sus arrugados rostros y mis lágrimas impiden
reconocerlos, solo los ubico en mi mente cuando me dicen sus nombres o sus
motes.
El salón está lleno de gente, todos guardan silencios.
Silencio es la forma de mostrar respeto al difunto y mi madre se había ganado ese respeto de todo el pueblo.
Cierro mis ojos, como si de una cinta de video se tratase,
voy rebobinando el tiempo, entro en aquellos años, tan bonitos, los que pasé en
mi barrio, entre mi gente.
Reconocía a mis vecinos del barrio hasta cuando los
veías de espaldas, o simplemente escuchando su voz.
Cuando me llegaba el olor a puchero, de la tía
Angelita, ya sabía que, en una hora a más tardar, tía Angelita, estaba en mi
casa, pidiéndole hierbabuena a mi madre, y ofreciéndole un tazón de caldo para
mi abuela, luego mi abuela le ponía a la sopa unas rebanadas de pan y la
compartía conmigo, me sabía a gloria bendita.
Recuerdo, la frutería de la esquina, del simpático
Aitor, el francés, cuando iba con mi madre a por frutas, siempre me daba unos
frutos secos. Aitor se quedaba embobado mirando cuando yo partía las almendras con
mis flamantes dientes. ¡Qué maravilla, ya quisiera tener esos dientes para mí!
Decía el frutero riendo.
A pocos metros de la frutería, estaba el despacho de
pan, siempre nos despachaba la dueña, Carmela la Rubia, una mujer muy gorda, le
recuerdo gorda porque siempre se estaba quejando de su gordura. Ella decía que,
apenas comía, agua que bebiese agua que le engordaba. Y yo pensaba. Pobre
Carmela la Rubia, como no iba a engordar si tenía la fuente de la plaza en
frente de su puerta.
La taberna de Frasquito, con tres barriles en la
puerta, los cuales hacían de mesas. De vez encunado, iba con mi abuela a
comprar el mejor vinagre del mundo, así decía ella.
Justo enfrente de la taberna, estaba la pequeña
floristería de Manolita la solterona, a ella les llamábamos Manoli.
Manoli, solía
poner los cubos de flores frescas, a cada lado de la entrada a la tienda, haciendo
una especie de caminito florido. Dentro, las flores disecadas, las
artificiales, los lazos de colores, jarrones de cristal y de cerámica, también los
adornos para las bodas, árboles y bolas de navidad, y coronas para los
difuntos.
Me gustaba pasar por aquel caminito florido hecho de cubos
con olorosas flores.
Yo, llevaba la intención de rozarme por las rosas y
los claveles, para que se me quedaran sus perfumes en mi vestido.
Nuestra vecina Rosarito, viuda y sin hijos, era como
si fuese de la familia.
Cada mes, cuando cobraba su pensión de viudedad, me
mandaba a la floristería de Manoli, a comprar un ramo de flores.
Me gustaba acompañarla al cementerio.
Por el camino, yo le llevaba el cubo azul, dentro del
cubo, una bayeta y una botella con agua, me gustaba beber de aquella botella
forrada con esparto. Ella, llevaba el ramo de claveles rojos y diminutas
margaritas blancas.
Cuando llegábamos frente a la tumba de su marido,
Anselmo, yo le sujetaba el ramo de flores, mientras que Rosarito, quitaba los
claveles secos, limpiaba el mármol y ponía los claveles frescos.
Una vez que Rosarito había terminado de limpiar, se ponía de pie delante de la tumba y decía una
oración, oración que nunca entendí su significado, porque solo movía sus labios, convertía sus palabras en un dulce y rápido sonido. Después, con sus dedos, se
hacía la señal de la cruz, y cogía un clavel, le cortaba el tallo, y se lo guardaba
en el bolsillo de su vestido, ancho y negro.
Un día que íbamos hacia el barrio, ya de
vuelta del cementerio, le pregunté, ¿por qué le quitaba un clavel al ramo?
ella me contó, cuando estaba a sola en su casa, se ponía el clavel entre sus
pechos, para no notar la ausencia de su marido y no sentir la pena de su
pérdida.
Desde entonces, acompañaba a mi abuela cuando visitaba
a Rosarito, con la intención de verla con el clavel puesto entre sus pechos.
Un día, mientras mi abuela y Rosarito hablaban, yo levanté
la cortina del cuarto, donde Rosarito dormía, me acerqué hasta la mesita de
noche, allí había un clavel rojo, puesto en un vaso con agua, una vela
encendida y un retrato de su marido, de Anselmo.
Cuando descubrí que Rosarito ponía el rojo clavel en
un vaso de agua y no entre sus pechos, ya dejó de apetecerme acompañarla al
cementerio. Fue una desilusión para mí, pues, había pensado hacer lo que hacía
Rosarito.
Cuando mi abuela o mi madre muriesen, yo cogería un
clavel de sus tumbas, y lo llevaría conmigo. Yo pensaba que aquella magia era
un buen invento, la magia que curaba las penas. La magia se me esfumó, al no
verle la flor puesta entre sus pechos.
La última vez que acompañé a Rosarito al cementerio,
fue por petición de mi madre. El camino se me hizo largo y aburrido, apenas hablamos.
Cuando llegamos, Rosarito hizo lo de siempre, acabó su rara oración, se hizo la
señal de la cruz, cogió el clavel, le cortó el tallo, me miró a los ojos, y sin
decir nada, se lo hundió entre sus pechos. En ese momento, aquella
bonita magia, la magia que curaba las penas, volvió de nuevo hasta mí.
Cuando íbamos llegando al barrio, Rosarito, se quitó
el clavel, y se lo guardó en el bolsillo de su vestido, ancho y negro.
Detuvo sus pasos por un momento, se giró hacia mí,
puso su mano sobre mi hombro, y mirándome a los ojos, me dijo, no puedo entrar
en el barrio con el clavel entre mis pechos, la gente pueden malpensar…o lo que
es peor, que hablen mal de mí.
Lo comprendí a la primera.
Con su cubo colgado en su brazo derecho, como si fuese
un bolso, Rosarito, entró en su casa y yo entré la mía-.
Como si de una cinta de video se tratase, se fue rebobinando
hacía delante, deteniéndose en el tiempo actual.
Han trasladado el féretro a hombros, hasta el
cementerio, les doy las gracias a los jóvenes que se ofrecieron.
Me despido de todos los vecinos, los que junto
conmigo, les hemos dado el último adiós, a mi madre.
El sepulturero, me dice, se hace tarde y tiene que
cerrar la cancela del cementerio, le pido por favor unos minutos más, necesito
hacer mi última visita.
A pocos metros está la tumba que tantas veces visité de niña, aquel nombre que leí y releí, ahora lo vuelvo a leer, Anselmo, Anselmo y Rosario. Cumplieron los deseos de Rosarito, cuando muriese la enterrasen junto a su marido Anselmo.
Cierro mis ojos, intento recordar aquella rara oración
que decía Rosarito, me hago la señal de la cruz y unas lágrimas resbalan por
mis mejillas, mojando el clavel que llevo puesto entre mis pechos.
Código de registro: 1706132601366
Lola Barea


