RELATO
Apenas había luz del
día, cuando llegó a mi nariz un olor a café. Me resultó extraño.
Esta zona está
apartada. Solo hay dos casas, la mía y la
otra que está vacía hace años. Me eché un chal por los hombros y salí al jardín. Solo se oía los pájaros y mis pasos.
Me acerqué al muro que separa mi casa de la otra. A la pared puse un barreño. Lo subí con cuidado y miré. Ya no tenía dudas. El olor a café salía de la casa vacía.
El cartel “SE VENDE”
seguía colgado en la reja principal,
casi cubierto por unas ramas del jazmín. Las ventanas, siguen
cerradas a cal y canto. El jardín cada vez
más descuidado, todo está asilvestrado. Las paredes con
verdines y desconchadas. Miré hacía el tejado,
comprobé que no salía humo de la chimenea.
Pensé en llamar a la
policía, pero, todo estaba tranquilo. Decidí esperar un día más, para
asegurarme, que allí no había nadie.
Esa noche, apenas
dormí. Me levanté sobre las cinco de la mañana, me asomé por la ventana, todo
estaba oscuro y en silencio.
La casa vacía seguía
igual, con la puerta y ventanas cerradas.
Me preparé una
manzanilla, cogí un libro y me senté cerca de la ventana del salón. La abrí un poco para poder respirar el
agradable frescor de la mañana, y escuchar
la música de los pájaros, su rutina de siempre, que me gusta oír. Eso me
hace recordar el significado de la vida.
Después, de un sorbo de mi infusión, abrí el libro por donde lo dejé el día anterior, exactamente por la página cuarenta y dos.
Empecé a leer: “No
dejes escapar mi cariño, no permitas que
el silencio se apodere de nosotros…aclárame mis dudas y dime, que no me
encuentro en un mundo desconocido, no calles y dime, que no estoy viviendo sin
la vida, si es así, no me dejes aquí, frente a una silla vacía y una taza de
café, ya sin aroma y frío”
Lola Barea
